(LUDMILA)
En una ciudad gótica vivía un niño llamado Héctor que cuando
dormía sentía que alguien lo tocaba, pero él no le daba importancia.
Un día a Héctor le contaron que vieron a un monstruo pero él
decía que era mentira, hasta que se dio cuenta de que lo que le dijeron era
verdad.
Ocurrió que una noche se le apareció un monstruo. Se asustó y
gritó tanto que el monstruo lo tuvo que callar diciéndole que le daba $5, y
entonces se calló. Pero Héctor le preguntó de dónde había salido y le dijo que
vino de Saturno. Le preguntó también qué quería, y el monstruo le dijo que
quería que los niños no le temieran. Pero ¿por qué quieres eso? Dijo Héctor.
Porque no me gusta asustar a los chicos.
Entonces, el monstruo lo consiguió: se dio cuenta de que si
se quedaba tranquilo los chicos no se asustaban más de él.
(MARTINA)
En un bosque lejano habitado por pájaros, liebres, conejos y
muchos más animales, se comentaba que entre ellos vivía una horrible criatura.
Era un monstruo verde que tenía la nariz grande igual que sus
pies y sus dientes. Pero era muy bueno con todos. Por eso los animales hicieron
una reunión para ver si entre todos podían cambiarle su horrible cara.
Uno de los pájaros más viejos dijo que tenía un amigo que
podía ayudar y enseguida fue a buscarlo. Se trataba de un viejito medio
chiflado que venía con un bastón. Lo que no sabían era que el bastón era
mágico.
Al poco tiempo los animales le contaron para qué lo llamaron
y este chiflado dio unos brincos y empezaron a salir chispas del bastón.
Así la horrible criatura se transformó en una linda persona.
(MILAGROS)
El monstruo del subte
Había una vez una familia que viajaba siempre en subte para
moverse porque trabajaban en el barrio Güemes y ellos vivían en el barrio
Centinela.
Un día muy temprano subieron al subte y sintieron un ruido
extraño que sólo lo escuchó la familia, fue un ruido que daba tanto miedo que
los hijos (Santiago, Milton, Gastón y Ludmila), temblaban. Juan Carlos y María
no le dieron importancia, pero en ese mismo instante María sintió como un soplo
en su oreja, temblaba pero se dijo a sí misma: “es la ventana que corre un poco
de viento”.
Juan Carlos sintió que sus pies se movían y se asustó tanto
que gritó “Ya no más, aquí hay alguien”, pero se preguntó ¿nuestra familia es
la única que escucha este ser extraño?
Justo en ese momento en que estaban llegando a una parada se
detuvo el subte y los choferes dijeron que se había desajustado algo y que en
treinta minutos se arreglaría. Ludmila y Gastón necesitaban ir al baño, los dos
muy asustados fueron al baño, pero de repente la voz se sintió de vuelta, “No
me tengan miedo”. Y corriendo se fueron con sus padres, y de vuelta se escuchó
“No me tengan miedo”.
Y el padre dijo: “Si estás ponte al frente de nosotros”; y el
monstruo se apareció. Tenía una pierna de perro y en la otra pierna una bota.
Una de sus manos era gigante, y la otra era un palo con espinas punzantes. Sus
ojos eran de fuego y tenía una boca muy extraña, y su cabeza era puntiaguda.
—Yo no hago daño — dijo escupiendo fuego. Entonces Ludmila,
Santiago, Milton y Gastón se acercaron, pero él desapareció.
María, la madre de los chicos dijo: “Ven, no hacemos daño” y
el monstruo volvió a aparecer.
Juan Carlos le dijo: “¿Qué función cumples? ¿Por qué no vas
dónde tiene que ir?”
—Yo los protejo y vivo aquí— dijo el monstruo.
— ¿Por qué nosotros?
—Porque ustedes me
escuchan y tienen
(JULIA)
El ladrón de rostros
Cuenta la leyenda que en el siglo XIX había un monstruo que
tenía una cabeza sangrienta, un ojo de vidrio con marco de acero y el otro ojo
bizco. Además poseía alas de murciélago y cuerpo de serpiente con baba mocosa y
muy viscosa. También dos peludos y fuertes brazos de gorila. De su largo cuerpo
brotaban cuatro largos y flexibles tentáculos con ventosas.
Él, con sus alborotados cabellos grises, borraba los rostros
de las personas que vivían en Villa Tinieblas.
Ahora el monstruo ha vuelto. Hace una semana muchas personas
reportaron que sus bebés no tenían caras. Todo el mundo sospechaba del doctor
profesor Willie, el maniático de la Villa. Pero una de esas noches yo vi
sombras de distintos animales: una serpiente, un murciélago, un calamar y un
gorila. Aunque todos algo deformes.
Al día siguiente nadie tenía rasgos faciales.
Yo he escrito esta historia porque aunque
tampoco tengo boca, al menos tengo mis manos.
un corazón gigante.
Y desde ese día, cuando viajaban siempre se detenían un
momento a hablar con el monstruo, al que llamaron Saúl.
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