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Los otros.
Neil Gaiman
-Aquí el tiempo es fluido -dijo el demonio.
Supo que era un demonio en el mismo momento en que lo vio.
Simplemente lo sabía, del mismo modo que sabía que aquel lugar era el infierno.
Ninguno de los dos podría haber sido otra cosa.
La habitación era alargada, y el demonio esperaba junto a un
brasero humeante situado en el otro extremo. De las paredes de piedra gris
colgaban multitud de objetos, objetos que no habría sido prudente ni
tranquilizador inspeccionar de cerca. El techo era bajo, el suelo, extrañamente
insustancial.
-Acércate más -dijo el demonio, y el hombre obedeció.
El demonio estaba flaco como un fideo e iba desnudo. Tenía
muchas cicatrices, y parecía que le hubieran arrancado la piel en un pasado
remoto. Tampoco tenía orejas, ni sexo. Sus labios eran finos y tenían un aire
ascético; sus ojos eran demoníacos: habían visto demasiado y habían llegado
demasiado lejos, su mirada hacía que el hombre se sintiera más insignificante
que una mosca.
-¿Qué va a pasar ahora? -preguntó.
-Ahora -replicó el demonio, con una voz que no denotaba
pena, ni tampoco deleite, tan sólo una rotunda y atroz resignación- vas a ser
torturado.
-¿Por cuánto tiempo?
Pero el demonio se limitó a menear la cabeza y no respondió
a la pregunta. Empezó a caminar despacio a lo largo de la pared, paseando su
mirada de objeto en objeto. En el extremo más alejado de la pared, junto a la
puerta cerrada, había un látigo de nueve correas hecho de alambres pelados. Con
una mano en la que sólo había tres dedos, el demonio lo descolgó de la pared y
volvió junto al hombre, transportando el macabro instrumento con suma
ceremonia. Colocó las correas de alambre sobre el brasero y se quedó mirando
cómo se calentaban.
-Eso es inhumano.
-Sí.
-Sí.
Los extremos de las nueve correas empezaban a adquirir un
tono anaranjado. Mientras alzaba el brazo para asestar el primer latigazo,
dijo:
-Dentro de algún tiempo recordarás todo esto con cariño,incluso este momento.
-Dentro de algún tiempo recordarás todo esto con cariño,incluso este momento.
-Eres un mentiroso.
-No-replicó el demonio
-Lo que viene después es peor-le explicó, justo antes de
azotarle.
Entonces, las correas del látigo se estrellaron contra la
espalda del hombre, desgarrando sus caras ropas, que ardían y se hacían tiras
al contacto con los alambres incandescentes, y el hombre profirió un grito.
Pero la cosa no había hecho más que empezar.
En las paredes esperaban aún doscientos once instrumentos de
tortura y, a su debido tiempo, habría de probar cada uno de ellos.
Cuando, por fin, la Hija del Lazareno, a la que había
llegado a conocer muy íntimamente, fue limpiada y colocada de nuevo en la pared
en el puesto doscientos doce, entonces, con una mueca de dolor, masculló:
-Y ahora, ¿qué?
-Ahora -respondió el demonio- es cuando viene el dolor de
verdad. Y así fue. Todo cuanto había hecho en su vida y que habría sido mejor
no hacer; cada mentira que había dicho -ya fuera a sí mismo o a otros-; cada
pequeño dolor que había infligido, y los grandes también… cada uno de ellos iba
siendo extraído de su interior, detalle a detalle, centímetro a centímetro. El
demonio le fue arrancando a tiras la piel del olvido, desnudándolo hasta dejar
sólo la verdad, y aquello le dolió más que cualquier otra cosa.
-Dime qué pensaste cuando ella salió por la puerta -dijo el
demonio.
-Pensé que mi corazón estaba roto.
-No -replicó el demonio, pero en su voz no había odio-, no
fue eso lo que pensaste.
Se le quedó mirando fijamente con sus inexpresivos ojos, y
él no tuvo más remedio que apartar la vista.
-Pensé: ya nunca sabrá que he estado acostándome con su
hermana.
El demonio desbarató su vida, momento a momento, instante a
espantoso instante. Tal vez duró cien años, o mil –En esa habitación
gris, tenían todo el tiempo que ha existido- y llegando al final
comprendió que el demonio había tenido razón. La tortura física había
sido mejor.
Y terminó.
Y una vez terminó, empezó de nuevo. Ahora con un
autoconocimiento que no había estado ahí la primera vez y que de alguna manera
hacía que todo fuera peor.
Ahora, mientras hablaba, se odiaba a si mismo. No
había mentiras, ni evasiones, no había espacio para nada excepto el dolor y la
rabia.
Habló, ya no lloriqueó. Y cuando terminó, mil años
después, rogó que el demonio fuera a la pared, y trajera el cuchillo de
desollar, o la pera de la angustia, o los tornillos.
“De nuevo,” dijo el demonio.
Él empezó a gritar, gritó por un largo rato.
Cuando terminó de gritar, el demonio dijo “De nuevo,” como
si nada se hubiera dicho.
Era como pelar una cebolla. Esta vez mientras recorría
su vida aprendió sobre las consecuencias. Se enteró de los resultados de
las cosas que había hecho; cosas que no había visto mientras las hacía; las
formas en las que había lastimado al mundo; el daño que había hecho a
gente que nunca había conocido, o visto, o encontrado. Fue la lección más
dura hasta entonces.
Mil años después el demonio dijo: “De nuevo”.
Él se acurrucó en el piso, al lado del brasero, meciéndose
lentamente, con los ojos cerrados y contó la historia de su vida, volviéndola a
experimentar mientras la contaba, desde el nacimiento hasta la muerte, sin
cambiar nada, sin dejar nada por fuera, enfrentándolo todo. Abrió su
corazón.
Cuando terminó, siguió allí sentado, los ojos cerrados,
esperando que la voz dijera, “De nuevo,” pero nadie dijo nada. Abrió sus
ojos.
Lentamente se levantó. Estaba solo.
Al otro extremo de la habitación, había una puerta, y
mientras la miraba, se abrió.
Un hombre entró a través de la puerta. Había terror en
el rostro de ese hombre, y arrogancia, y orgullo. El hombre, que usaba ropa
lujosa, dio varios pasos dudosos en la habitación y luego se detuvo.
Cuando vio al hombre, comprendió.
“Aquí el tiempo es fluido,” le dijo al recién llegado.